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ilustración y texto: el poderoso.


Mi aventura como Guía de Turistas.
Mi sobrina de 20 años y su hermano, de 18 nunca habían ido a las Luchas
, así que como guardián de las tradiciones del deporte de las caídas, me ofrecí a llevarlos a la Arena México. El cartel estaba que ni pintado para que aficionados neófitos se llevasen una grata impresión: Atlantis, Corleone, Wagner, Lizmark, Sagrado… y Místico. Todos los nuevos aficionados ansían ver a Místico. Sin embargo, mi preocupación era que los chamacos de hoy ya no se impresionan tan fácil. La tecnología electrónica y la realidad virtual son su forma de ver el mundo. Yo, que convivo con tanto jovenzuelo en la escuela donde trabajo, me doy cuenta de esto. Difícilmente se conmoverán ante un espectáculo natural como un mar tempestuoso o una puesta de Sol. Llegamos en taxi, un taxi grande porque Froilán, mi sobrino, es un gigantón como de uno-noventa. Mi ahijadita Atenea es chiquita. Nunca voy en auto a la Arena, la salida es un problema. Desde que pusieron pie en la calle de Dr. Lavista, ambos chamacos se sintieron en otro mundo, Aunque aún había luz de día y los puestos callejeros tapizados de máscaras y camisetas aún no reflejaban los colores de la noche citadina, ellos de inmediato sintieron una grata impresión, el espíritu de fiesta y expectación que rodea a todo escenario deportivo o artístico previo a un evento, llámese futbol u ópera. Temprano por la mañana compré las entradas, tres boletos de la sección verde, fila 20ª, unos quince metros detrás de la mesa de comentaristas de Televisión, buenos lugares. Lamentablemente ya la reventa ha hecho de las suyas apoderándose de todas las entradas para la sección naranja, frente al ring.
Pasando el puesto de revisión, Froilán y Atenea miran con curiosidad todo lo que les rodea en el vestíbulo de la Arena: la gente, la tienda del CMLL, los puestos de comida, lo antiguo del lugar, los acomodadores, la tienda de Blue Demon. Les muestro cada lugar como lo haría cualquier guía de Turistas y los llevo hasta donde sirven mi comida favorita en la México: ¡las banderillas! con las cuales quedan encantados y es ahí donde comienzan a descubrir parte del sabor de la Lucha Libre que tanto nos empeñamos en describir en esta publicación
Las ocho y veinte. Me acerco a un acomodador muy amable y le pido nos lleve a nuestros asientos. Hay muchos lugares vacíos aún, no toda la gente gusta de llegar a ver las luchas preliminares, sino que van llegando hasta la tercera, cuando ya los revendedores quieren desafanarse de los boletos a como dé lugar y los dan al precio o menos. Nunca me había sentado aquí, pero la vista es magnífica. del lado izquierdo del ring. Mis sobrinos no cesan de mirar alrededor: la pasarela, las pantallas gigantes, el graderío, los vendedores. Estos últimos les llaman mucho la atención por todo lo que ofrecen: Máscaras, rings, muñecos, palomitas, refresco, manzanas acaramenladas, tortas, sopas instantáneas… ¡hasta cueritos en vinagre! “Aquí puedes hacerte tu picnic” me dice Atenea muy sonriente. Piden un refresco y examinan el programa de pé a pá. “¡Wow, va a estar Místico!” exclama mi ahijadita “Y los Perros del Mal” dice mi querido sobrino con una sonrisa malévola. Lo único que me faltaba: Técnica y Rudo en la misma familia, como si uno le fuera a las Chivas y el otro a las Aguilas... de hecho, Froilán le va al América. Nadie es perfecto. Detrás de nosotros hay una familia con un niño como de 11 años que, con su clásica camiseta amarilla en apoyo al Hijo del Perro Aguayo, ya está ansioso por que inicie la función. De pronto grita: “¡Los rudos-los rudos-los ruuuudooos!” como lo hace ese popular comentarista de televisión. Las porras ya se han acomodado en sus lugares de costumbre. Los rudos, los de Tepito y los de Tacuba. Ya se empiezan a escuchar los chiflidos, cornetazos, insultos y mentadas que se dedica mutuamente cada bando. Todo esto causa mucha gracia a mis jóvenes turistas quienes ya también se han contagiado del entusiasmo general y entonces, por fin hace su aparición en el ring el anunciador con un impecable smoking gris clarito “¡Orale, qué feo traje!” dice Froilán. “¡¿Le dicen el Muchacrema?! Ja, ja, ja!” . Cuando el hombre comienza a recitar su acostumbrada letanía de presentación y a saludar a porras y aficionados, se dan cuenta del porqué del apodo.

Aunque comenzó algo lenta, desde la primera Lucha, Atenea y Froilán van metiéndose más en el espectáculo, impresionados por los escalofriantes saltos fuera del ring de los jóvenes gladiadores como Stuka, Flash, Metálico y Sombra. Atenea hasta se lleva las manos a la cara, Froilán pela los ojos y los dos aplauden las llaves y volteretas que realiza Stuka, quien fue fuertemente ovacionado. Los juegos de luces, el sonido, los videos, las señoritas edecanes, las porras… hubo de todo en esta función, desde emociones como las anteriores hasta cosas incomprensibles y más bien amargosas, como el terrible error del anunciador al presentar a Flash, la final de La Leyenda de Plata y la lucha de los Villanos contra Los Guerreros de la Atlántida. Pero al final, lo que importa es divertirse y eso fue lo que hicieron mis sobrinos. El momento culminante para ellos llegó con la lucha entre Místico, Wagner y Marco Corleone contra Lizmark Jr, Damián 666 y El Terrible. Atenea estaba muy impresionada por la musculatura del joven estadounidense Corleone -ídolo indiscutible de las damas- y se emocionó hasta las lágrimas viendo cómo Místico hacía polvo a los Perros del Mal con sus helicópteros y su famosísima mística. ¡Cómo grita la gente cuando ese jovencito hace su complicada llave voladora! Mi sobrina está sorprendida de cómo un hombre más bien pequeño y delgado como el Príncipe de Plata y Oro es capaz de hacer picadillo a un gigantón como Lizmark Jr.

Froilán se deshacía en gritos para los Perros y en abucheos para Místico… una de las típicas reacciones de todo aficionado es tomar partido a ultranza. El niñito de atrás se llegaba a emocionar de tal forma que sacudía del hombro a Atenea. A mi sobrino, con todo y que está altote, unos aficionados tamaño king size delante de nosotros no le dejaban ver nada, especialmente cuando trataron de embutir sus grandes cabezas en máscaras de Wagner, las cuales tuvieron que dejarse como gorrito cuando se convencieron que necesitaban capuchas tres tallas más grandes.
A la salida no podían irse sin un recuerdo, así que los llevé a los puestos de la calle. Mi ahijadita se llevó una máscara de Místico, color de rosa con vivos en oro. Froilán tuvo la suerte de caer en un lugar que vendía camisetas oficiales de Los Perros del Mal, de las de la pildorita alada.
Pretendíamos regresar en taxi, pero ya nos dimos cuenta de que los ruleteros son aún más pillos que los revendedores. Allá ellos y su maldita codicia. Por suerte, el metro Balderas queda muy cerca y cobra lo mismo a cualquier hora. Hay tanta gente en las calles a las once de la noche que es bastante seguro caminar unas cuantas cuadras por las afueras de la colonia Doctores.
Ahora mis sobrinos han quedado impregnados del sabor de la Lucha Libre, de su colorido, de su magia visual, de su espectacularidad, de las reacciones del público, del talento de los luchadores y de todas las inolvidables sensaciones que provoca en tan solo dos horas y media.
Estoy seguro que ahora, al igual que yo, Froilán y Atenea tendrán siempre el impulso por regresar porque ya han visto que este es un espectaculo sano y familiar al que podrian venir solos si quisieran. No hay violencia porque las porras solo rivalizan de manera verbal y jamas llegan a agredirse a golpes, botellazos y petardos, como lo hacen en el futbol. Aquí todo mundo se respeta y se despide cortesmente. Es un lugar seguro porque hay docenas de personas encargadas de cuidar el orden. Afuera tampoco hay peligro, hasta puede uno caminar, como lo hice con mis sobrinos, hasta la estación del Metro. Tampoco huele mal adentro de la Arena ni es cierto que solo hay porquerías para comer como se ha rumorado por décadas.
Por lo pronto, mis jovenes turistas ya tienen tema de conversación para toda la semana.