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ilustración y texto: el poderoso
La Lucha es uno de los pocos rincones de nuestro paìs que conservan todo el sabor de Mèxico. Sabe a chicharrón con salsa, a jícama con chile piquín, a gordita de chicharrón. Huele a aceite de frituras y pomada para golpes. La Lucha Libre se viste y se adorna con todos los colores de la noche urbana.
Siente con la parte más mexicana del corazón, esa que todos llevamos dentro sin importar la marca de nuestra ropa ni la colonia en que vivimos. Es la fiesta del sincretismo, donde todos: niños y adultos, nacionales y extranjeros, ricos y pobres, nacos y fresas (si es que existe tal diferencia), rudos y tècnicos, conocedores y neòfitos, propios y extraños nos convertimos en uno solo.
No volver a las luchas es como dejar de visitar a la familia. Una familia ruidosa y alegre cuya casa siempre tiene la puerta abierta y la merienda servida. La lucha libre no provoca adicción, sino cariño profundo... y arraigo.
Es un guardián de nuestra cultura popular y una de las caras de México que más gusta en el extranjero. Por eso no es de extrañar que cada semana veamos cada vez más gringuitos, europeos, japoneses y coreanos que van a las Luchas para conocer una exótica parte de nuestra cultura que para ellos se ha vuelto tan indispensable como visitar Teotihuacan o Xochimilco... ir a las Luchas es visitar México por que es un pequeño microcosmos de nuestra cultura, un extenso menú, un interminable catálogo, una enciclopedia de sensaciones, sabores, modismos, picardía, ingenio, costumbres, miedos, alegrías , frustraciones, de nuestra candidez, de nuestra audacia... de todos los pequeños Méxicos que forman a México
Es por eso que también las clases media-alta y alta por fin han reconocido a la Lucha como un pariente cercano al que ya no temen visitar por temor a ser criticados o empulgarse a base de mitos creados por quienes nunca han puesto un pie ni en la México ni en la Coliseo... no saben de lo que se han perdido. Ya no les da cosa probar el mole de Doña Lucha Libre, les podrán brotar lágrimas por lo picoso pero volverán para pedir otro plato.
La Lucha Libre es un guiso hecho en casa que una vez que se ha probado es imposible de olvidar.
Los luchadores son nuestros semi dioses de carne y hueso y es por eso que se les sigue y se les aguarda para la foto y el autógrafo, nos impresionan con su agilidad y volteretas, los admiramos porque se ven como quisiéramos sentirnos.
El sabor de la Lucha Libre es el ambiente que hacemos quienes vamos a las Arenas a apreciar el deporte, a conocerlo, a apasionarnos, a vivirlo intensamente de principio a fin, a hablar de él, a apropiárnoslo por medio de las máscaras, las porras, los luchadores favoritos, las camisetas, la comida que se vende adentro, la convivencia, la ilusión, el color, las luces, el sonido, las imágenes impactantes que siempre se recordarán.
Hay Lucha Libre para todos los días y para todos los gustos
La próxima semana, la gente que Hace la Lucha nos dirá a qué le sabe.
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