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ilustración y texto: el poderoso
UNA NOCHE EN LA COLISEO
Martes 24 de julio, 4 pm. De buenas a primeras decido que hoy iré a la Coliseo. No tengo boleto ni sé quién va a luchar esta noche. a las 6:45 salgo de mi oficina yo solo, Lulucha me dijo que sí iba pero a la mera hora se echo para atrás, Don Pancracio no estuvo en casa desde temprano y Hernández se tomó unas vacaciones. A Lalucha ya le salió pretendiente, así que ahora casi ni me pela.
El taxista que me llevó allá, muy amable como casi todos los que he tenido el gusto de conocer desde que empecé a frecuentar las luchas. La mayoría resultan ser aficionados, algunos hasta asiduos. llegué muy a tiempo para la función. Las calles de la ciudad están bastante despejadas en esta tarde lluviosa, pero en República de Perú se hace cada vez más lento el tránsito a medida que nos acercamos al número 77. Veo mucha gente entrando a la arena pero no hay fila en las taquillas, así que cándidamente me acerco a la ventanilla de Ring numerado, los boletos buenos. ¿Qué es lo mejor que tiene? le pregunto al taquillero Tengo fila seis, a 122 pesos
¿cuántos quiere? ¡¿Hay boletos para la sexta fila a esta hora?! ¡No lo puedo creer! En fin, pago mi lindo boletito y me encuentro con la agradable sorpresa de que no es de ticketmaster, sino el clásico papelucho que el CMLL ha impreso por años. Antes de entrar me compro mis cinco pesos de pepitas acompañadas del programa en papel revolución y el pastiche que se hace llamar CMLL Magazine. Las medidas de seguridad son las habituales. Un acomodador el más viejito de todos- me lleva a mi asiento. Aquí en la Arena Coliseo todo es pequeño, hasta el espacio entre las butacas. Aquí caben algo así como la cuarta parte de los ochomil aficionados que puede albergar la México.
Todo aquí se ve tan cerca. Difícilmente puede uno creer que el ring mide lo mismo, también se ve como chiquito, como si fuera un teatro guiñol. Recordemos que el Embudo de Perú (como también se conoce a este recinto por su interior cónico dividido en tres niveles), es aún más antiguo que la actual Arena México, que se inauguró en 1943. Aquí en la Coliseo todo es tan viejo que hasta las moscas tienen canas. La taquillas, los torniquetes de entrada, las butacas, todo se mantiene incólume al paso de las décadas. Lo más curioso es la salida de los vestidores, la cual, con sus pequeños arcos enrejados y sus luces amarillentas asemeja a un altar de esos que los taxistas de sitio erigen a Nuestra Señora de Guadalupe en plena banqueta. Solo le faltan los floreros y la urna para limosnas.
Todo esto no lo digo por criticar, sino todo lo contrario. Ahora que la México ha sido entregada a las garras de ticketmaster y sus empresarios se han dedicado a guapearla para recibir a la gente bonita, la Coliseo queda en nuestra Ciudad como el último bastión de la auténtica Lucha Libre mexicana. Aquí, en todo momento se percibe el sabor de la Lucha del que hablamos en nuestros primeros números. Se puede sentir y tocar, se puede examinar con lupa cada una de sus partes, cada poro de su piel. Todo parece tan cercano que es posible captar a todo detalle el deporte de las caídas, los luchadores saben que este es el lugar donde conviven con la afición como en ninguna otra arena. No es como en la México, donde sólo unos cuantos pueden ver de cerca a los gladiadores.
Aquí en Perú 77, los luchadores entran y salen de la arena por las mismas puertas que los aficionados, hay veces que, con toda naturalidad, salen a la calle antes de su combate para ir a buscar algo a su auto o comprar bebidas en alguna miscelánea cercana mientras son seguidos por una nube de aficionados. Adentro, los luchadores se desplazan por los pasillos del nivel de ring, intercambian palabras con el público, se meten con la gente y con las porras, incluso se sientan en alguna butaca de primera fila a tomarse fotografías con los niños a mitad de su combate. Se dan el lujo de hacer todo lo que no se les permite en la México. Aquí solo se sirve un platillo: Lucha Libre, sin más aderezo ni condimento que los agregados por los luchadores y la afición. Aquí, los martes no hay juegos de luces, ni videos, ni pasarela, ni sexys edecanes ni afortunadamente- ticketmaster con toda su implícita fresitud. Aquí se toma la leche materna del pecho de esa dama a quien el réferi Don Alfonso Ramírez Pompín evoca en su poema Lucha, tienes nombre de mujer.
Lo único malo, además del reducido espacio entre las butacas, fue la torta de jamón que me comí ahí, no sabía mal, pero la telera estaba hecha a base de alguna mezcla de gomas arábigas y de xantano, porque parecía de chicle.
Aparte había demasiados fotógrafos y camarógrafos, ocho en total, alrededor del ring. Solo que entre ellos estaba la Señora Lourdes Grobet (autora de la espléndida memoria gráfica Espectacular de Lucha Libre, obra que les recomiendo mucho si es que aún no la tienen), quien es para mí algo así como mi madrina de debut, pues tuve el honor de acompañarla en la conferencia en que ambos participamos en la Expo Lucha.
Además de ella, creo que a orillas del ring, el único que tenía algo que hacer ahí era el sereno y profesional joven Lítok Vera, un excelente fotógrafo. El resto que mejor vean la Luchas por TV en vez de estorbar a quienes sí trabajan de verdad.
Pero volviendo al asunto
Para bien o para mal, ahora más que nunca, la México y la Coliseo son dos mundos aparte
ojalá el embudo de Perú nunca pierda su esencia.
Por cierto, la función estuvo excelente. Mi gente no sabe de lo que se perdió.
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